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Orígenes del Metodismo y su expansión

PREÁMBULO HISTÓRICO

De la Constitución de la Iglesia Metodista en el Uruguay

 

LOS ORÍGENES DEL METODISMO Y SU EXPANSIÓN

La Iglesia Metodista es el resultado de la institucionalización de un movimiento de renovación profunda, impulsado en el seno de la Iglesia Anglicana en el siglo XVIII. Todo comenzó en noviembre del año 1729 a partir de un grupo de estudiantes del circuito universitario en la ciudad de Oxford, liderados por un joven profesor de teología y pastor anglicano llamado JuanWesley

Annesley (1703-1791).-

En ese núcleo original se encontraba también su hermano Carlos y otros dos estudiantes de apellidos Morgan y Kirkham. La motivación inicial fue la de reunirse algunas noches en la semana con el fin principal de leer el Nuevo Testamento en Griego.

Él mismo Wesley cuenta que la vida metódica que llevaban al igual que la contracción puesta en sus estudios dieron lugar a que un joven de la universidad comentara:

“… ‘Aquí ha surgido un nuevo grupo de metodistas’, aludiendo a unos antiguos médicos del pasado que se auto denominaban así. Dicho nombre era nuevo y original, por lo que se propagó de inmediato, motivando que en la universidad todos se refirieran al grupo como los ‘metodistas’. Los que formaban este grupo eran todos miembros entusiastas de la Iglesia de Inglaterra, tenaces en todas sus doctrinas, según las conocían, y celosos en el cumplimiento de su Disciplina hasta en el más mínimo detalle. Asimismo, eran atentos observadores del estatuto de la universidad, el que respetaban a conciencia. Pero la observancia de todo esto la cumplían hasta donde consideraban que estaba de acuerdo con la Biblia, ya que su único deseo era el de ser cristianos bíblicos manifiestos, tomando la Biblia como su sola y única regla, tal como la interpretaban la iglesia primitiva y la nuestra.”

Tomo V – OBRAS DE WESLEY – pp. 263 ss

Esa correntada renovadora fue tomando cuerpo y llegó a conformar una red de predicadores laicos y pastores que conducían a las llamadas Sociedades, Clases y Bandas metodistas –diseño wesleyano de organización concéntrica de grupos de creyentes- las cuales se convertían en levadura de una nueva realidad, al impactar directamente sobre en el tejido social de un mundo efervescente de inequidad. Piénsese por ejemplo, en la ardiente paradigmática oposición de Wesley a la esclavitud, para entender a qué nivel de compromiso social nos estamos refiriendo.

Juan Wesley hizo lo posible por evitar la creación de una nueva denominación cristiana. Su genio organizador lo veía innecesario y a la vez, inadecuado. Sin embargo, las circunstancias históricas lo provocaron a él y a quienes compartían su particular llamado a una vida metódica de santidad y compromiso social, a dar los pasos para el nacimiento de una nueva iglesia. Lo que sucedió fue que por causa de la guerra de la independencia desatada en Norteamérica, todos los clérigos habían abandonado América y, al decir de Francisco Asbury, el último predicador metodista que permanecía en medio de las hostilidades a comienzos de 1780,

“miles de niños permanecían sin serbautizados y muchos adultos no habían participado de la Cena del Señor por muchos años”.

Esa necesidad se hizo argumento, reclamo y súplica hasta que Wesley en setiembre de 1783, en un acto de radical desacató del orden religioso de la Iglesia de Inglaterra, ordenó “Superintendente” -utilizando una expresión latinizada de la palabra griega epíscopos de la cual surge obispo– a Tomás Coke. A los pocos meses, Coke partía hacia el Nuevo Mundo con los elementos indispensables para dar un orden apenas básico y fundante, al incipiente metodismo americano: el SERVICIO DOMINICAL que era una forma simplificada del Libro de Oración común de los anglicanos y los ARTÍCULOS DE FE, la mínima expresión teológica del metodismo.

Era el día de Navidad de 1784 cuando el movimiento surgido en Inglaterra devino iglesia al otro lado del océano. Sin la presencia del fundador del Metodismo pero bajo la égida de dos Superintendentes Tomás Coke y Francisco Asbury, pues Coke había recibido instrucciones de Wesley para ordenar a Asbury para dicho rol. Nacía así en Baltimore, la Iglesia Metodista Episcopal y de ella surgiría la DISCIPLINA. Ella contenía aquel orden litúrgico y aquellos artículos de fe puestos en las manos de Coke por el propio Wesley, pero además, establecía las leyes, el plan, la política y el proceso mediante los cuales los metodistas se gobernaban a ellos mismos.

Desde el inicio la Disciplina no fue entendida como algo sacrosanto o infalible, pero sí como un instrumento necesario y útil que plasmaba sobre el papel la comprensión de los metodistas acerca de lo que es la Iglesia y lo que ha de esperarse de sus laicos y pastores en su búsqueda del mejor modo en que puedan testificar en el mundo el ser parte del Cuerpo de Cristo.

Hasta el año 1969 esa Disciplina –con varias y sucesivas revisiones y contextualizaciones- reguló nuestra vida y misión como metodistas en el Uruguay. Desde el 6 de diciembre de 1969 es la CONSTITUCIÓN Y REGLAMENTO, nuestro pacto teológico práctico.

Esa fecha tendrá un valor histórico particular por ser la de la autonomía del metodismo uruguayo. Fue ese el día en que se comenzaría a hablar, con toda propiedad, de la Iglesia Evangélica Metodista en el Uruguay como iglesia independiente.

 

 

EL PRIMER NOMBRE ES DE UN LAICO: ANDRÉS MILNE

Desde su origen la Iglesia Metodista Episcopal se organizó en base a asambleas que, traduciendo un vocablo y concepto de cuño inglés, recibían la denominación de “conferencias”. Pues bien, fue la Conferencia General de la Iglesia Metodista Episcopal de Estados Unidos la que en el año 1832 recomienda establecer misiones en América del Sur, impulsando de esa manera la exploración misionera. Por ello no es de extrañar que la presencia metodista en el Uruguay pueda ser rastreada ya en los primeros años de la vida institucional del país, iniciándose la obra evangelizadora en el año 1838 a cargo del Rev. Guillermo Norris, recomendado por el Rev. Juan Dempster luego de su visita exploratoria a Montevideo. La acción de los misioneros metodistas en nuestra capital estuvo circunscripta durante tres décadas a la comunidad anglosajona.

A fines de la década del 1860, un joven metodista de ascendencia inglesa venido de Rosario (Argentina) de nombre Andrés Milne, que se había radicado hacía poco en el país para hacerse cargo de la gestión de la Sociedad Bíblica Británica y la Americana, invita al Rev. Juan Francisco Thomson a visitar Montevideo.

El objetivo era claro: proponerle que, dado que había comenzado la predicación en español en Buenos Aires, hiciera lo mismo del otro lado del Plata. Importante es traer a la memoria que antes de que comenzara la obra en nuestro idioma con adultos, había empezado una escuela dominical con niños en una casa del barrio de la Aguada. Milne había visto esa necesidad de una familia escocesa y buscó darle respuesta, y rápidamente la casa de esa familia se vio invadida por los niños del barrio.

En alusión a aquellos años y en lo que hace a nuestro país correspondería hablar del desarrollo simultáneo e íntimamente conectado, de la obra de Sociedad Bíblica y la del Metodismo. Eso se explica, precisamente, por el extraordinario influjo de Andrés Milne. Del mismo modo que tampoco hace justicia histórica el desvincular intencionalmente al Metodismo de la Masonería vernácula en el siglo XIX y aún en las primeras décadas del XX, pues el liderazgo laico y pastoral de la naciente iglesia, evidenciaba profundos vínculos con ambas instituciones.

Pues bien, con la llegada de Thomson se abría otro período de treinta años aproximadamente, en los cuales, a pesar de la inestabilidad política y social prevaleciente, la acción del metodismo se extendería rápidamente alcanzando dimensiones colosales. Durante este lapso, es evidente la preponderancia de la fuerte y polémica personalidad de Thomson, quien llegó a ser muy conocido y apreciado por la sociedad montevideana.

 

 

ORGANIZACIÓN DEL METODISMO URUGUAYO

Juan F. Thomson fue sucedido en el liderazgo de la pujante presencia metodista, por el Rev. Tomas B. Wood, bajo cuya administración se organizó la primera iglesia de acuerdo a la Disciplina de la Iglesia Metodista Episcopal. Era el 19 de junio de 1878 cuando nació, formalmente, la Iglesia Metodista en el Uruguay. También sería Wood el promotor del primer periódico protestante en América Latina: EL EVANGELISTA, de aparición semanal. Se publicó en Montevideo desde 1877 hasta 1886 y estuvo caracterizado por las duras polémicas religiosas con el periódico “El Bien” -llamado después “El Bien Público”- de origen católico dirigido por Juan Zorrilla de San Martín.

En este período que estamos repasando, la obra metodista ya podía llamarse Iglesia, y como tal emprendió su extensión hacia las barriadas de Montevideo (Aguada, Peñarol, Cerro) y también hacia el interior del país, iniciándose congregaciones locales a través de la predicación en plazas y salones públicos en varias ciudades del centro del país: Trinidad, Durazno, Mercedes, Santa Lucía y con el paso de los años llegaría hasta Paysandú, Salto, Artigas y Bella Unión. El adalid de aquella primera expansión evangelizadora fue el Rev. Guillermo Tallon. Surge asimismo un importante liderazgo laico que colabora eficazmente en la dirección y expansión de la obra. Se asiste a un auge de la obra de las escuelas dominicales y nace la obra educacional metodista, por iniciativa de Cecilia Güelfi (maestra de neto cuño vareliano) quien asistida por su hermano Antonio, organiza una serie de pequeñas escuelas diarias, que alcanzaron el número de veinte y beneficiaban a un millar de alumnos.

Al fallecer Cecilia Güelfi apenas superando los 30 años, fue necesario reunir este esfuerzo en una sola institución: el INSTITUTO CRANDON que a su tiempo, en 1957, retoñaría en el litoral oeste del país al fundarse la ESCUELA Y LICEO CRANDON SALTO.

En este marco, surge en la joven iglesia uruguaya la pasión por la obra misionera, expresada en el traslado de Carmen Chacón a Porto Alegre –Brasil- donde funda el Colegio Americano y se echan las bases para la desarrollo de la misión metodista en esa región; y también si hablamos de misioneros surgidos de nuestras filas es ineludible nombrar a Francisco Penzotti se convierte en el pionero de la difusión de las Sagradas Escrituras y el Evangelio en casi todos los países del continente.

Téngase presente que se debió a Milne y Thomson la decisión de que Penzotti, líder laico montevideano, se radicara en Colonia Valdense para atender a esa comunidad hermana que había quedado sin pastor y que será desde allí que viajará, repetidamente, hasta los inhóspitos rincones de Centro América llevando el mensaje de salvación. Merecerían sendas investigaciones historiográficas que no tendrían desperdicio alguno, el conocer la intrincada red de relaciones entre la obra bíblica protestante y la masonería, que a la postre aseguraría la eficacia rotunda del impacto misionero de Francisco Penzotti.

 

Con vocación desafiante e inclusiva

En el despuntar del siglo XX vería la luz un segundo periódico metodista. Éste, editado por un núcleo de jóvenes intelectuales formados bajo la influencia de Juan F. Thomson¹. Nos referimos a EL ATALAYA.

El mencionado periódico de tamaño impensable para hoy por sus dimensiones, se publicó desde 1901 hasta 1909 y contribuyó a reforzar la campaña por la separación de Iglesia y Estado. Difícil sería concebir el proceso de secularización creciente que vivió el Uruguay sin tomar en cuenta el protagonismo del elemento protestante en general pero muy especialmente, el aporte metodista. Porque algo que es indiscutible a esta altura de la historiografía vernácula es que el Protestantismo se hizo uruguayo con la Iglesia Metodista.

Concluido ese ciclo otro órgano de prensa emblemático ocuparía su lugar y alcanzaría tres décadas continuas de edición. Nos referimos a LA IDEA, el cual también fue un periódico inspirado por jóvenes metodistas, pero ahora con perfil ecuménico, aunque esa palabra no existiera todavía en el uso de la Iglesia.

¹ Escribió Rafael Hill, fundador del Hospital Evangélico escribió en referencia al Rev. Thomson: “Al templo de la calle Treinta y Tres concurría lo más destacado de la intelectualidad de su época a oír su palabra ardiente. Esa misma juventud que ocuparía más tarde puestos de primera fila en la política, en el foro y en el periodismo, le seguía después a escuchar sus conferencias y polémicas desde la tribuna del Ateneo. El Dr. Santín Carlos Rossi, eminente Profesor de la Facultad de Medicina, que llegó a ser Senador y Ministro de Instrucción Pública, le despidió en un emotivo discursos al finalizar su pastorado en Uruguay, y el Sr José Batlle y Ordóñez, que ocupó dos veces la Presidencia de la República, dijo de él: ‘Ha sido el maestro de la juventud de la pasada generación entre la cual me formé yo.’”.

Cita extraída del artículo “El polemista: Juan F. Thomson” publicado en LOS 80 AÑOS DE LA IGLESIA METODISTA EN EL URUGUAY, pag. 16.

Queda claro, con todo lo dicho, que la educación formal y la provocación del pensamiento a través del impacto periodístico pasando por la predicación directa en todo lugar y ámbito posible, fue la impronta con la que nace el metodismo en Uruguay, y naciendo, hace un aporte sustancial, sui generis, para la transformación colectiva, esa que devino en el pluralismo democrático que nos caracteriza.

Considérese que no hemos mencionado a otras herramientas de difusión masiva sin antecedentes para el protestantismo uruguayo y tan disímiles en sus propuestas como: el periódico LA REFORMA editado por el “Club Protestante”, que era presidido por Eduardo Monteverde -Secretario del Tribunal Supremo de Justicia de nuestro país-; la librería LA AURORA –al lado del templo de la Iglesia Central- se organiza en Montevideo como entidad independiente de la institución madre de Buenos Aires, quedando su gestión a cargo de Lodovica Comba, laica metodista de vocación ecuménica y servicial que contribuyó a hacer de esta librería un lugar de encuentro de la comunidad evangélica del Uruguay, y al poco tiempo la librería tendrá su SALA DE LECTURA EVANGÉLICA impulsada por la Diaconisa Ana Cepollina a quien también se debió la genial iniciativa de editar una revista especializada: EDUCACIÓN CRISTIANA la cual circuló por toda América Latina durante lustros alimentando la labor docente de las iglesias protestantes; la revista ARCO IRIS, dedicado a la formación cristiana ecuménica e integral de los más pequeños, que siendo editado en Montevideo por impulso de Julio Barreiro -destacadísimo profesor de la Facultad de Derecho- que llegaba a impactar en el corazón del avivamiento evangélico de España; y para no extender más, baste traer el recuerdo aquí, de LA VOZ EVANGÉLICA, primer programa radial cristiano que se emitiera en nuestro país desde el año 1943 hasta entrado el presente siglo, a través de Radio Carve y teniendo entre sus animadores históricos a tres nombres inolvidables: el Rev. Jorge Howard, la Diaconisa Violeta Cavallero y el Pastor Walter Vecino.

En los primeros treinta años del siglo XX se consolidaron y ampliaron los lugares de predicación, congregaciones y centros de decidida acción social como los de Cerro (Casa de la Amistad), Malvín, Belvedere y el HOSPITAL EVANGÉLICO, que devendría en empresa interdenominacional.

Un capítulo aparte merecería la fundación de la ASOCIACIÓN CRISTIANA DE JÓVENES cuyo enraizamiento en Uruguay hubiera sido impensable sin el compromiso de la apretada red de jóvenes liderada por la fogosidad intelectual metodista. Nos referimos a esos tres nudos insoslayables para los historiadores que son: la generación de “El Atalaya”, “La Cabaña de Jóvenes Protestantes” y el ya mencionado “Club Protestante”.

 

 IGLESIA, CULTURA Y SOCIEDAD

Corresponde señalar que en el período al cual se acaba de hacer referencia, aparte de atender a los aspectos que hacen a la promoción de la obra metodista en particular, la Iglesia y sus miembros prestaron una decisiva y entusiasta colaboración en la promoción de una serie de iniciativas de proyección nacional e interdenominacional, demostrativas de la visión amplia, como asimismo de la autonomía de pensamiento que ha caracterizado al metodismo uruguayo.

En dicho sentido pueden enumerarse las iniciativas más importantes, a saber: participación plena en la obra de la SOCIEDAD BÍBLICA como ya fue mencionado; creación del movimiento juvenil evangélico nacional y participación decidida en la promoción del movimiento continental Unión Latino Americana de Juventudes Evangélicas –ULAJE- y también en la del Movimiento Estudiantil Cristiano –MEC-; colaboración en toda el área de la educación teológica, a través del SEMINARIO EVANGÉLICO MENONITA de Montevideo y la FACULTAD EVANGÉLICA DE TEOLOGÍA de Buenos Aires -hoy el Instituto Universitario ISEDET-; participación en el Centro de Estudios Cristianos –CEC-; impulso organizativo para la organización del movimiento ecuménico rioplatense y continental y nacional a través de la creación de la FEDERACIÓN DE IGLESIAS EVANGÉLICAS DEL URUGUAY constituida en 1955; iniciación.

En esa misma línea aunque mucho más cercano en tiempo, hace pocos años fue la Iglesia Metodista en el Uruguay una de las iglesias cofundadoras del CICU –Consejo de Iglesias Cristianas del Uruguay- que reúne al protestantismo y el catolicismo en un mismo espacio de diálogo abierto.

Habría otros emprendimiento de neto perfil ecuménico que vieron al metodismo uruguayo entre sus fundadores, pero a nuestro juicio hay uno que no se debería soslayar en esta síntesis histórica. Nos referimos a ISAL -Iglesia y Sociedad en América Latina- movimiento ecuménico amplio y extenso, verdadera usina generadora de pensamiento para liberar la teología de prejuicios que contó entre sus filas a lo más granado del metodismo uruguayo. Este particular reto teológico fue asumido desde la identidad confesional.

Juan Wesley se pronunció con claridad y fuerza en contra de las condiciones en que vivían los pobres y reclamó cambios sinceros y radicales en las condiciones industriales, reclamó contra la carestía de los comestibles y abogó por una reforma a fondo en lo relativo a viviendas. Estas y otras similares posturas suyas dejaron su impronta en el movimiento metodista que dio generoso apoyo a las nacientes organizaciones sindicales y a la corriente que impulsaba el sufragio universal de los adultos, y otras reformas de la ley electoral. Movimientos como esos llevaron al terreno de la práctica muchas de las reclamaciones de Wesley, tales como mejoras en la situación de las víctimas de la Revolución Industrial, mejoras salariales, abolición del trabajo infantil, elevación de las condiciones sanitarias tan deficientes entonces, reivindicación de la mujer, y reconocimiento de los derechos de los niños.

Esa preocupación social que es historia del metodismo original también es parte de nuestra historia como iglesia en Uruguay como lo demuestra una obra de entidad mayor: la creación del INSTITUTO PANAMERICANO en la zona industrial del Cerro, en el año 1920. Luego este emprendimiento se desarrolló en la Casa de la Amistad ya mencionada y la INDUSTRIAS DE BUENA VOLUNTAD (hoy INSTITUTO DE BUENA VOLUNTAD) al influjo del Pastor Earl M. Smith. En menor escala pero con igual motivación de servicio, se crearon oportunamente los centros sociales de Malvín, Santa Lucía (Canelones), Barrio Valparaíso, Belvedere, San José de Carrasco, etc. En una síntesis como esta, no puede dejar de mencionarse que la preocupación metodista por la niñez. En colaboración con la Iglesia Valdense se constituyó el HOGAR NIMMO, para niños de ambos sexos en el Departamento de Colonia. También como parte de ese compromiso social de atención a la niñez desamparada, en Montevideo, será nuestra Iglesia la que brinde el marco institucional y jurídico para sostener otra formidable: el Hogar Amanecer.

 

HOGAR AMANECER

A lo largo de las décadas del siglo que dejamos atrás, el metodismo uruguayo desarrolló estrategias de contención social de los más pequeños, que hoy están en la matriz cultural de nuestro pueblo. Nos referimos a tácticas docentes y formativas que un día fueron novedad. Hablamos de rutinas que hoy son tan comunes como campamentos, escuelas de vacaciones y apoyo escolar. Si bien, obviamente, se podría discutir que hayan sido creaciones metodistas, no hay duda que todas tuvieron a la Iglesia Metodista en el Uruguay como institución pionera en su implementación y desarrollo. Estas son otras de las tantas razones por las cuales la huella cultural del metodismo en Uruguay es Imborrable.

Hablando de impactos y cultura, valdría un estudio pormenorizado sobre el lugar de la mujer metodista uruguaya en el proceso de reivindicación de derechos de género en nuestro país y la región. Sólo a modo de ejemplo, piénsese en la significación que tiene el hecho de que en 1962 la Pastora Ilda Vence haya sido la primera mujer Ordenada para el Ministerio Pastoral en el continente americano y que la Prof. Margarita Grassi fuera la primera laica elegida para ser cabeza de una Iglesia Metodista en el mundo, cuando en 1980 fue elegida por la Asamblea General, Presidenta de la Iglesia Metodista en el Uruguay. Y eso, sin contar el rol que les cupo históricamente a las mujeres en la consolidación de la identidad del metodismo uruguayo. Nombres como los de las Diaconisas Violeta Briata y Mirta Buchelli –entre tantas otras- son la explicación de una manera de ser Iglesia que hemos recibido como herencia.

 

SIENDO IGLESIA EN DICTADURA

Durante los años de las actividades de la guerrilla urbana y la posterior dictadura militar la Iglesia Metodista en el Uruguay fue afectada por la polarización ideológica -como el resto del tejido social– con la consiguiente dispersión de liderazgo y de membresía. No obstante, como institución permaneció afirmando su compromiso con la misión a la que estamos llamados a cumplir junto a otras iglesias en la evangelización del Uruguay y en el servicio a su pueblo, especialmente a los más necesitados, implicando todo su esfuerzo en la defensa de los DD.HH..

Lo mencionado explica que el Alto Comisionado de la Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) encontró en las autoridades del metodismo uruguayo lideradas por Luis Odell en el momento más crítico y necesario, la apertura del espacio institucional que permitió salvar vidas y aminorar el impacto destructor de la Dictadura cívico militar, a partir de un servicio que tuvo en María Teresa Olivera de Aiscar la cara visible y el testimonio manifiesto.

Para terminar, queremos dejar una palabra de homenaje dirigida al laico que en 1960 tuvo la peregrina idea que, sembrada en tierra fértil, dio origen a lo que hoy es el Archivo de la Iglesia Metodista en el Uruguay: José Alberto Piquinela. Sin esa chispa tempranera en nuestra historia, hubiera sido imposible conservar esta memoria evangelizadora hoy que nos impulsa.

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