Padre Nuestro Latinoamericano

por Mario Benedetti (1920 – 2009)

Padre nuestro que estás en los cielos,
con las golondrinas y los misiles,
quiero que vuelvas antes de que olvides
Cómo se llega al sur de Río Grande.

Padre nuestro que estás en el exilio,
casi nunca te acuerdas de los míos,
de todos modos, dondequiera que estés,
santificado sea tu nombre;
No quienes santifican en tu nombre
cerrando un ojo para no ver la uñas
sucias de la miseria.

En agosto de mil novecientos sesenta,
ya no sirve pedirte
venga a nos el tu reino,
porque tu reino también está aquí abajo,
metido en los rencores y en el miedo,
en las vacilaciones y en la mugre,
en la desilusión y en la modorra,
en esta ansia de verte pese a todo.

Cuando hablaste del rico,
la aguja y el camello,
y te votamos todos
por unanimidad para la Gloria,
también alzó su mano el indio silencioso
que te respetaba pero se resistía
a pensar hágase tu voluntad.

Sin embargo, una vez cada tanto,
tu voluntad se mezcla con la mía,
la domina,
la enciende,
la duplica;
Más arduo es conocer cuál es mi voluntad,
cuándo creo de veras lo que digo creer.
Así en tu omnipresencia como en mi soledad,
así en la tierra como en el cielo,
siempre estaré más seguro de la tierra que piso
que del cielo intratable que me ignora.

Pero quién sabe,
no voy a decidir que tu poder se haga o deshaga,
tu voluntad igual se está haciendo en el viento,
en el Ande de nieve,
en el pájaro que fecunda a su pájara,
en los cancilleres que murmuran “yes sir”,
en cada mano que se convierte en puño.

Claro, no estoy seguro si me gusta el estilo
que tu voluntad elige para hacerse,
lo digo con irreverencia y gratitud,
dos emblemas que pronto serán la misma cosa;
Lo digo, sobre todo, pensando en el pan nuestro
de cada día y de cada pedacito de día.

Ayer nos lo quitaste,
dánosle hoy,
o al menos el derecho de darnos nuestro pan;
No sólo el que era símbolo de Algo,
sino el de miga y cáscara,
el pan nuestro.
Ya que nos quedan pocas esperanzas y deudas,
Perdónanos, si puedes, nuestras deudas,
pero no nos perdones la esperanza,
no nos perdones nunca nuestros créditos.

A más tardar mañana,
saldremos a cobrar a los fallutos
tangibles y sonrientes forajidos;
A los que tienen garras para el arpa
y un panamericano temblor con que se enjugan
la última escupida que cuelga de su rostro.

Poco importa que nuestros acreedores perdonen,
así como nosotros, una vez, por error,
perdonamos a nuestros deudores.

Todavía
nos deben como un siglo
de insomnios y garrote,
como tres mil kilómetros de injurias,
como veinte medallas a Somoza,
como una sola Guatemala muerta.

No nos dejes caer en la tentación
de olvidar o vender ese pasado,
o arrendar una sola hectárea de su olvido.

Ahora, que es la hora de saber quiénes somos
y han de cruzar el río
el dólar y su amor contrarrembolso,
arráncanos del alma el último mendigo
y líbranos de todo mal de conciencia,
Amén.

Versión impresa: Mario Benedetti, “Poemas de hoyporhoy”, Editorial Visor Libros, 1998.
Tomado de Red de liturgia de CLAI

 

Mario Benedetti y Liropeya Luz López Alegre en la Iglesia Metodista Central, contrayendo matrimonio, que duraría 6 décadas.

Mario Benedetti y Liropeya Luz López Alegre en la Iglesia Metodista Central, contrayendo matrimonio, que duraría 6 décadas.

 

“Ibamos a casarnos por la iglesia (…) pero el cura además de católico apostólico era también romano y algo tronco, de ahí que exigiera no sé qué boleta de bautismo o tal vez de nacimiento. Si de algo estoy seguro es que he nacido, por lo tanto, nos mudamos a otra iglesia” (Poema Bodas de Perla).

Categorías: Reflexiones