ceniza

Tiempo de Cuaresma 2017

1° DE MARZO – Miércoles de Cenizas

Cita con el polvo

Miércoles

El Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser vivo (Génesis 2, 7)

El tiempo de Cuaresma se abre con un poco de ceniza depositada sobre nuestra frente, mientras se repite la severa advertencia: “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás”; o bien: “Convertíos y creed el evangelio”.
Es un modo extraño de prepararse a la fiesta por antonomasia, la pascua.

En lugar de embellecernos, pintarnos, perfumarnos, usamos como cosmético un poco de polvo. ¡Embellecemos nuestro rostro ensuciándolo con tierra!

Se trata de un rito que muchos cristianos de nuestro tiempo rechazan con rabia en nombre de la grandeza y la dignidad del hombre. “Reliquias de gusto dudoso del almacén devocional de la edad media”, me ha dicho uno alérgico a la ceniza. Precisando más: “al hombre de hoy hay que llevarle el anuncio de la vida no de la muerte”.
“Exacto”, dije yo. La ceniza se coloca en una dinámica de vida, no en un ambiente fúnebre.

Solamente la gente superficial puede arrebatar la enseñanza religiosa del miércoles de ceniza para rebajarla a un contexto de desprecio del hombre. Pero la misma liturgia de este día se encarga de desarticular tal operación al tomar como antífona de entrada una frase del libro de la Sabiduría que deshace los equívocos: “Tú, Señor, amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho”.

Así pues, la liturgia de la ceniza no constituye en absoluto un atentado a la dignidad del hombre. Al contrario, en la lógica paradójica de la fe, se convierte en un testimonio de grandeza.

“Acuérdate de que eres polvo…” es sencillamente el recuerdo de su originario material de construcción, precisar los límites, la finitud y caducidad del hombre. Pero es Dios mismo quien no acepta esta precariedad de su criatura y no se resigna a que el hombre sea solamente polvo. Por tanto, si el destino del hombre se circunscribe al “polvo”, la culpa sería exclusivamente del hombre que, con el pecado, decide permanecer “polvo”, rechaza su verdadera identidad, rehúsa el “aliento” vivificante.

En los siglos VIII y IX la imposición de la ceniza se unía, en el contexto litúrgico, a la penitencia pública. Aquel día se expulsaba a los “penitentes” de la iglesia. Y este gesto repetía, de alguna manera, aquel otro de Dios arrojando a Adán y Eva, pecadores, del paraíso. En esta perspectiva se colocan las palabras del Génesis que se refieren precisamente a este episodio:

“Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella te sacaron; pues eres polvo y al polvo volverás… Y el Señor Dios lo expulsó del jardín del Edén, para que labrase el suelo de donde lo había sacado” (Génesis 3, 19 y siguientes).

Solo más tarde la imposición de la ceniza tomó un simbolismo distinto: el de la fragilidad y brevedad de la vida. El recuerdo de la muerte. La referencia a la tumba.

Me parece, sin embargo, que es válido, sobre todo, el significado primitivo que expresa penitencia, expiación por el pecado. El “hombre polvo” quiere decir el hombre que se ha alejado de Dios, que ha rehusado el diálogo, que ha sido echado de su casa, que ha rechazado el dinamismo del amor para caminar siguiendo una trayectoria de disolución y de muerte. El “hombre polvo” es el hombre que se opone a Dios, da la espalda a su propio ser y se condena a la nada.

Pero en este dramático itinerario de alejamiento y disipación, existe la posibilidad del retorno, retorno al origen. En lugar de precipitarse hacia la tumba, es posible cambiar la dirección -¡he ahí la conversión!- y volver a la fuente.
“Acuérdate de que eres polvo y como polvo volverás… a Dios”. Con tal que lo quieras. Ya, en este momento. Me vuelvo tierra y me confío al constructor. Para que me rehaga del todo. Me he equivocado. He perdido el camino de la vida. He perdido el reino. He comprometido a los otros en mi pecado (todo pecado es un pecado público con consecuencias desastrosas para toda la comunidad eclesial).

Es justo que se me ponga en la puerta. Pero a la vuelta de la esquina, vuelvo a la condición de polvo. O sea, de materia prima. Y él se inclinará aún sobre este polvo para darle el aliento de vida. Así mi “nada” es tocada por la plenitud de vida. De la ceniza salta una chispa de vida.

Y ahora, la sutil capa de polvo ya no puede ocultar el esplendor del rostro de un hijo de Dios. Todo, pues, comienza de nuevo. Puedo ser nuevo si acepto no el fin, sino el principio. No el montoncito de ceniza de la tumba. Sino el puñado de tierra en las manos del artífice. El poco de tierra dispuesta a recibir el aliento. Y convertirse así de nuevo en un “viviente”.

La cita, pues, con la ceniza, fundamentalmente, la cita con la vida.

 

Alessandro Ponzato, de su libro “El acoso de Dios”

Categorías: Reflexiones

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