Domingo de Ramos 2026

Queridas hermanas y hermanos, compartimos la lectura del Evangelio según Mateo 21:1–11. Como comunidad de fe, año tras año volvemos a pasar por el corazón estos relatos, haciendo memoria viva del testimonio de los primeros seguidores de Jesús de Nazaret.

El contexto en el que Jesús es recibido con ramas y mantos no era fácil ni esperanzador. El pueblo vivía bajo la opresión del Imperio Romano, dominación política, económica y militar que generaba pobreza, exclusión y violencia cotidiana. A esto se sumaba un sistema religioso tensionado que por un lado, sectores aliados al poder imperial; por otro, prácticas religiosas que, en lugar de aliviar, cargaban sobre el pueblo pesos difíciles de llevar como la culpa, la pureza, el merecimiento.

En medio de todo este conflicto estaba la gente, el pueblo de los márgenes. Hombres, mujeres, niños… personas concretas, con historias reales. Personas con hambre, con enfermedades, con dolores profundos, sin recursos ni protección. Muchas veces marginadas no solo por su condición social, sino también por una religión atravesada por prejuicios y normas que terminaban excluyendo.

Un pueblo cuya voz no era escuchada. Un pueblo cuya vida carecía de valor. Y es en ese contexto donde el Evangelio no solo denuncia, sino que anuncia. Anuncia que, en medio del dolor y la impotencia, irrumpen señales de esperanza.

Y allí aparece Jesús. El Mesías, El Salvador, El Rey esperado, pero distinto. Al entrar a Jerusalén, centro del poder político y religioso, la gente lo aclamaba gritando ¡Hosanna!, que significa: ¡Sálvanos!

Sálvanos de las injusticias, de la indiferencia, de los sistemas que deshumanizan, que distorsionan, que equiparan, que matan.
Sálvanos también de nosotros mismos: de nuestras cegueras, de nuestros miedos, de todo lo que nos endurece el corazón.

Y con el grito de la gente el Rey entra montado en un burrito. No entra con caballos de guerra como el ejército romano, ni con ostentación con los líderes religiosos. No se impone desde el poder, sino que se acerca desde el grito de dolor. Y así se cumple la esperanza anunciada por el profeta Zacarías 9:9, un Rey justo y humilde. Un Rey que ve, escucha y se conmueve. Que denuncia la injusticia cuando la fe se convierte en negocio y opresión. Un Salvador que abraza, sana y devuelve la dignidad.

Una entrada que no evita los conflictos, sino que lo atraviesa con amor. Y un camino que lo lleva a la cruz. Y su “crimen” fue amar, mirar, escuchar, devolver humanidad.
Pero esta historia no empieza ni termina en la cruz. Es una historia de esperanza que viene gestándose desde mucho antes, y que sigue viva hoy.

Como nos recuerda el apóstol Pablo, Cristo no se aferró al poder, sino que se despojó, tomando forma de siervo, y esta es la clave del camino del Reino que nos anunció Jesús de Nazareth, el del amor que se entrega, el del servicio que dignifica, el de la vida que se comparte. Y cuando Jesús dice que su Reino no es de este mundo, no está negando el mundo que Dios creó y llamó bueno, sino que está mostrando que su Reino no funciona con las lógicas de dominio y muerte como la de los diferentes mecanismos de poder.

Es un Reino que ya está en medio nuestro, actuando, transformando, sanando, aunque todavía no lo veamos en plenitud.
Por eso como comunidades de fe seguimos gritando:

¡Hosanna! ¡Sálvanos!
Sálvanos hoy…
a las Noelias de alma herida,
a los Jonathan ignorados,
a las Marías violadas,
a los Juanes que buscan trabajo,
a las Lucías que sostienen solas a sus hijos,
a los Mateo que luchan con la ansiedad y el miedo,
a las Rosas que atraviesan enfermedades,
a los Andrés que han perdido la esperanza,
a las familias que viven violencia,
a quienes duermen en la calle,
a quienes migran buscando un futuro,
a quienes sienten que su vida no vale.

Sálvanos, Señor.
Porque creemos que la esperanza no está en los poderes de este mundo, sino en Aquel que sigue entrando. Sigue entrando hoy… en nuestras ciudades, en nuestras comunidades, en nuestras luchas. En las madres que claman por la vida de sus hijos, en quienes marchan pidiendo verdad y justicia, en quienes defienden la dignidad, en quienes cuidan y defienden la creación, en quienes no se resignan al dolor del mundo.

En este Domingo de Ramos, entramos como comunidad de fe, con nuestras luces y sombras, con nuestros cantos y nuestras dudas, gritando juntos:

¡Hosanna! ¡Sálvanos, Señor… también de nosotros mismos!

Y confiando en que Él ya está aquí, humilde, cercano, vivo, haciendo nuevas todas las cosas. Amén.


Sandra Dos Santos

Categorías: Reflexiones