La promesa del Espíritu Santo
Querida Comunidad,
El evangelio de hoy, Juan 14:15-21, nos ubica en el diálogo de Jesús con sus discípulos durante la última cena, pocas horas antes de su arresto y crucifixión.
Jesús sabe que sus discípulos están tristes y llenos de temor porque pronto ya no estará físicamente con ellos. Ellos habían dejado todo para seguirlo y en Jesús encontraron amor, esperanza y seguridad. Por eso, en medio de ese dolor, Jesús los consuela diciendo que “No los dejaré huérfanos”.
La palabra “huérfano” es profundamente conmovedora. En aquel tiempo representaba a alguien en extrema vulnerabilidad, desamparo, sin protección; alguien al borde de perder la esperanza. Pero Jesús les promete que su partida no será abandono. Por eso les anuncia al Consolador, al Ayudador, es decir, al Espíritu Santo.
Y justamente, en un día tan especial como el Día de la Madre, el evangelio nos recuerda nuestra verdadera identidad: en Jesús ya no estamos huérfanos. Somos hijos e hijas de Dios. Aunque nuestros padres o madres hayan estado presentes o ausentes, y aun cuando hayan quedado heridas profundas en nuestra alma por una mala experiencia o convivencia, Dios sigue sosteniéndonos de la mano.
Muchas veces esas heridas nos dificultan vivir el mandamiento nuevo que Jesús nos deja, es decir, amar como Él nos amó.
¿Cómo amar si no me siento amado/a?
¿Cómo perdonar si sigo herido/a?
¿Cómo dar paz si eso mismo faltó en mi vida?
Muchas veces reproducimos aquello que nos faltó o aquello que nos hirió. Las heridas que no son sanadas suelen transmitirse en nuestros vínculos, en nuestras palabras y en nuestra manera de amar. Pero allí entra el Espíritu Santo. El Consolador, el que sana, el que abraza, el que llena el vacío existencial dentro nuestro.
El Espíritu Santo tiene poder para sanar nuestras heridas y transformar nuestra manera de amar, para que el dolor no siga pasando de generación en generación.
Y cuando el Espíritu Santo habita en nosotros, nuestra alma comienza a sanar; el vacío comienza a llenarse de paz, y la angustia comienza a transformarse en esperanza. Y lo que parecía muerto… vuelve a tener vida.
Nuestra alegría y esperanza es que el Espíritu Santo no solo nos consuela, también nos transforma, nos moldea y nos resucita con Él como hijos e hijas.
“Aunque mi padre y mi madre me abandonen,
tú, Señor, te harás cargo de mí.”
Salmos 27:10
Amén.
Pastora Sandra Dos Santos
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