El Cordero de Dios

Querida comunidad
El Evangelio de hoy, Juan 1:29–34, nos invita a escuchar el testimonio de Juan el Bautista. En el pasaje, Juan señala a Jesús y dice:

Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo

Cuando el Evangelio habla de “quitar el pecado del mundo”, no se refiere solo a lo individual sino es mucho más amplio. Habla de una fuerza que atraviesa personas, vínculos y estructuras; realidades que esclavizan, rompen relaciones, desfiguran/deforman la vida.

Se trata de un pecado que lamentablemente se padece, fruto de una educación escasa de amor, alimentado por el abandono y la violencia, heredado como una “maldición” que parece no tener salida, y muchas veces sostenido por injusticias sociales que nos atraviesan a muchos.

El Dios encarnado en Jesús quita el pecado del mundo desculpabilizando a las personas marginadas, desamparadas y discriminadas, iluminando los caminos oscurecidos por el dolor y el sufrimiento, y abriendo la posibilidad de una vida nueva, restaurada y resucitada.

El pasaje nos dice que Jesús fue al encuentro de Juan. Y esta es una clave para nuestra fe. Jesús siempre viene hacia nosotros.

El problema no es su aparente ausencia, sino nuestra dificultad para reconocerlo.

En esto actúa el Espíritu Santo, que nos alcanza y se encarga de revelarnos la gracia de Dios. Una gracia que nos busca antes y actúa antes de que creamos, entendamos o respondamos; una gracia que nos despierta, nos llama y nos atrae hacia Dios; una gracia que nos capacita para reconocer la presencia de Dios, desear el bien y abrirnos al encuentro con los demás y el cuidado de la Creación.

Una gracia que genera vida, sanidad y libertad.

Que el Espíritu Santo nos anime a seguir al Cordero de Dios y a participar con alegría en su obra de restauración de la vida.
Amén.

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