El regreso del Hijo del hombre

Querida comunidad,
hoy es el primer Domingo de Adviento, tiempo de espera atenta y consciente. El calendario litúrgico nos sugiere la lectura del evangelio según Mateo 24,36-44, parte del discurso escatológico de Jesús.
Estos pasajes suelen leerse desde el miedo y la amenaza, pero cuando entramos en la lógica pedagógica y espiritual del Evangelio, y en su lenguaje original, el griego koiné, descubrimos que el objetivo central es formar la mirada espiritual de la comunidad: cómo interpretar el presente, cómo vivir despiertos, cómo discernir qué nos pide hoy el Evangelio en nuestras relaciones, decisiones y modos de habitar el mundo.

La segunda venida de Cristo es, en realidad, motivo de gozo, de esperanza y de celebración. No de miedo. Los finales de ciclo son inevitables, pero también traen alegría y renovación: son señales de esperanza.
Como para nosotros el tan esperado brote de las higueras, los jazmines, los manzanos y tantas otras señales del inicio de una nueva temporada: el verano.

El evangelio de hoy, leído desde su lenguaje original, nos llama a preguntarnos cómo vivir despiertos hoy; cómo habitar este momento, aquí y ahora, con conciencia, verdad, respeto, cuidado y amor.

Adviento es precisamente eso: un tiempo para despertar, para volver a centrar la vida en lo esencial, para prepararnos a recibir al Emanuel, Dios-con-nosotros, que renueva nuestro compromiso de amor y fidelidad.

Que este Adviento nos encuentre así: despiertos, lúcidos y disponibles, para que la luz del Emanuel ilumine todo lo que aún espera ser transformado. Esto es lo que nos trae la verdadera esperanza.


Primera Vela de Adviento

¡Encendamos la luz!
Esperanza para las niñas y los niños que viven en situaciones de vulnerabilidad,
para quienes crecen sin sentirse seguros en sus propios hogares,
para los que buscan un abrazo, una palabra de consuelo, un futuro posible.
¡Encendamos esa luz!

Esperanza para las mujeres que sufren violencia,
para las que callan por miedo,
para las que cargan el dolor de años de injusticia
y para quienes hoy están dando el valiente paso de pedir ayuda y reconstruir su vida.
¡Encendamos esa luz!

Esperanza para las y los adolescentes que sienten que no tienen oportunidades,
para quienes luchan contra la pobreza, la soledad o la discriminación.
¡Encendamos esa luz!

Esperanza para las familias que viven en asentamientos,
para quienes buscan techo, trabajo y dignidad,
para quienes han sido olvidados por los sistemas y descuidados por quienes deberían protegerlos.
¡Encendamos esa luz!

Esperanza para los inmigrantes y refugiados que llegan a nuestras tierras con lo puesto,
para quienes caminan por los bordes de la sociedad buscando un lugar donde ser acogidos.
¡Encendamos esa luz!

Esperanza para las personas mayores solas,
para quienes cargan historias de lucha y ahora necesitan cuidado y compañía.
¡Encendamos esa luz!

Esperanza para quienes viven en nuestras cárceles,
para quienes sueñan con una segunda oportunidad,
para quienes desean que su vida pueda volver a empezar.
¡Encendamos esa luz!

Esperanza para los pueblos indígenas, afrodescendientes y todas las comunidades que han sido históricamente discriminadas,
para quienes siguen reclamando respeto, memoria y justicia.
¡Encendamos esa luz!

Esperanza también para nuestra casa común, la creación de Dios,
para los campos y los ríos que piden ser cuidados,
para los mares y las costas que sufren contaminación,
para los bosques y los animales que ven amenazada su vida.
Que encendamos la luz del respeto y de la responsabilidad,
y aprendamos a vivir en armonía con toda la creación que Dios nos confió.
¡Encendamos esa luz!

Obed Juan Vizcaíno Nájera (Adaptado)

Categorías: Reflexiones