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Jesús y la oración

El evangelio de hoy, Lucas 11:1-13, comienza con un pedido: “Señor, enséñanos a orar”. Los discípulos veían cómo Jesús se relacionaba con Dios con una intimidad única, y por eso desean aprender a orar como Él.

Jesús les regala la oración que hoy conocemos como el Padrenuestro, que, como dice Rubem Alves, es un poema de esperanza, nacido del dolor y de los sueños de un pueblo que anhela otro mundo posible.
Jesús nos enseña a llamar a Dios Padre —Abba—, invitándonos a una relación de cercanía, intimidad y confianza con el Creador. No oramos a un Dios lejano, sino a un Dios que se involucra, que escucha, que ama, y que conoce a sus hijas e hijos.

La oración, como decía Karl Barth, es palabra, pensamiento y vida. Es un acto de gracia por el cual nos dirigimos a Dios en nuestra necesidad, sabiendo que solo Él puede darnos lo que el alma verdaderamente busca: fe, fuerza, consuelo, dirección, esperanza.

En este sentido, orar es acercarse, movidos por la gracia, como quien entra en casa, con la confianza de que allí hay lugar para una misma, para uno mismo. Porque el Espíritu Santo no solo intercede por nosotros, sino que nos acompaña, nos sostiene y renueva nuestra fe y esperanza.

La oración nos ayuda a reconocer que, aunque a veces sentimos que nos alejamos, Dios nunca deja de estar cerca. En la oración, abrimos el corazón y nos dejamos interpelar por el Espíritu, reconocemos nuestra fragilidad y, al mismo tiempo, confiamos en el amor fiel de un Dios que escucha y responde, siempre.

Nos dirigimos al Padre, por medio de Cristo, en la fuerza del Espíritu Santo. Y así, nuestras oraciones llegan al corazón de Dios.

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