Jueves Santo 2026
Queridas hermanas y hermanos,
Hoy rememoramos (volvemos a pasar por el corazón) la última cena de Jesús con sus discípulos/as antes de ser crucificado. Un Jueves Santo en el que conmemoramos la institución de la Comunión / Santa Cena del Señor.
Desde siglos antes de Jesucristo, el pueblo de Israel celebraba distintas fiestas ligadas a la vida y a la acción de Dios: entre ellas, la Pascua, memoria viva de un Dios que escucha el clamor de su pueblo y actúa en la historia.
La Pascua (Pesaj) celebra la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto. Un hecho religioso profundamente histórico: un pueblo oprimido, sometido al trabajo forzado, despojado de su dignidad. En tiempos de Moisés, Dios escuchó ese clamor y tomó partido de los que sufrían injusticia y opresión. Antes de la salida, cada familia sacrificó un cordero y marcó sus puertas como señal de vida y protección. Y cuando llegó el momento, el pueblo salió con prisa, sin tiempo para que el pan leudara. Por eso, el pan sin levadura quedó como memoria de una liberación urgente, concreta, histórica.
La Pascua es entonces el paso de la esclavitud a la libertad, pero también el anuncio de que Dios sigue actuando en toda historia donde hay opresión.
En esa celebración la matzá (pan sin levadura) recuerda la prisa y la confianza. El maror (hierbas amargas) hace memoria del sufrimiento vivido.
En Jesús, esta Pascua adquiere un sentido aún más profundo. Jesús celebra la cena en un contexto también marcado por la opresión, el dominio del Imperio Romano, la desigualdad, la exclusión.
Y en ese contexto, parte el pan y comparte la copa. El pan es su cuerpo entregado, una vida puesta al servicio, una existencia que se dona hasta las últimas consecuencias.
El vino es la nueva alianza que se traduce en una relación nueva que inaugura justicia, misericordia y vida digna para todos. Además de recordar la liberación pasada, inaugura también una liberación presente y continua. Sus palabras hacen eco de lo que había anunciado cuando dijo: “Yo soy el pan de vida…” No un pan que alimenta solo el alma, sino una vida que sostiene, dignifica y restaura.
Mediante la fe reconocemos el sentido redentor de Cristo, pero también somos llamados a encarnar esa misma lógica de entrega y compromiso.
En esa misma cena, Jesús lava los pies de sus discípulos. Se pone en el lugar del servidor, rompe las jerarquías, cuestiona toda forma de poder que domina. Nos muestra que no hay verdadera fe sin servicio, ni comunión sin igualdad.
Hoy somos llamados a reconocer y denunciar todo aquello que sigue generando esclavitud: la injusticia, la exclusión, el desprecio por la vida.
Las y los que creemos en Jesús, que vivió entre nosotros y está presente en la historia, Hijo del Dios Viviente, celebramos una mesa abierta, servida para todos y todas sin discriminación. Una mesa que no puede ser verdadera si deja gente afuera, pues la mesa de Jesús se compromete a construir comunidad.
Y hacer memoria de Jesús… es continuar su camino de justicia, de cuidado y de vida digna y plena para todos y cada La mesa de Jesús no termina en aquel jueves de noche, se abre en la Pascua, se renueva en la resurrección y se hace vida cada vez que compartimos el pan, la esperanza y la dignidad.
Es la mesa del Cristo vivo, que nos reúne, nos iguala y nos envía a ser signos de su Reino en medio de la historia.
Pr. Sandra Dos Santos
Categorías: Reflexiones