La parábola del fariseo y el cobrador de impuestos

Queridas hermanas y hermanos,
Hoy compartimos una parábola del Evangelio según Lucas 18:9-14, donde se presentan dos hombres que suben al templo a orar: un fariseo y un publicano. Ambos se dirigen a Dios, pero desde lugares muy distintos del corazón: uno desde la arrogancia, el otro desde la humildad.

Jesús no cuenta esta parábola para condenar, sino para despertar. Nos invita a cambiar la actitud del corazón, a dejar el “yo soy” para volver al “nosotros somos”. La verdadera oración nace cuando dejamos de decir “gracias porque no soy como ellos” y empezamos a decir con sencillez: “Señor, ten misericordia de nosotros”.

La esperanza está en que podemos cambiar: volver al silencio que ora, al gesto que une, al amor que no mide ni selecciona, que simplemente abraza. Librémonos del orgullo que separa, del juicio que excluye y de la indiferencia que mata. Aprendamos a ver en cada rostro la presencia de Jesús, en cada herida su llamado y en cada diferencia su reflejo. Seamos orantes con un corazón abierto, para construir templos donde todos y todas tengan lugar.

Les comparto una oración del Jesuita José María Rodríguez Olaizola

“Hijo mío que estás en la tierra” Hijo mío que estas en la tierra, haz que tu vida sea el mejor reflejo de mi nombre. Adéntrate en mi Reino en cada paso que des, en cada decisión que tomes, en cada caricia y cada gesto. Constrúyelo tú por mí, y conmigo Esa es mi voluntad en la tierra y en el cielo. Toma el pan cada día, consciente de que es un privilegio y un milagro. Perdono tus errores, tus caídas, tus abandono, pero haz tú lo mismo con la fragilidad de tus hermanos. Lucha para seguir el camino correcto en la vida, que yo estaré a tu lado y no tengas miedo, que el mal no ha de tener en tu vida la última palabra. Amén.

Que nuestro Dios mediante el Espíritu Santo nos devuelva la mirada: una mirada sincera, sin orgullo ni máscaras. Que nuestra fe se exprese no solo en palabras, sino en gestos concretos de compasión.
Porque al final, la verdadera oración no se pronuncia con los labios, sino con la vida.

Dios los bendiga.
Su hermana en Cristo, Patricia Nako

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