Naamán es sanado de su lepra
Queridas hermanas y hermanos,
La reflexión de hoy se encuentra en 2 Reyes 5:1-27. El personaje principal es Naamán, un hombre poderoso, comandante del ejército sirio, respetado por el rey, admirado por el pueblo, exitoso en la guerra. Tenía autoridad, prestigio y reconocimiento. Pero, bajo su armadura, escondía una profunda fragilidad: era leproso.
En ese tiempo, la lepra no era solo una enfermedad física. También significaba impureza, vergüenza y exclusión social. Naamán lo tenía todo, pero su vida estaba en peligro. La lepra era muy contagiosa y no tenía cura.
En el relato aparece un personaje inesperado: la sirvienta de la esposa de Naamán. Una muchachita esclava, sin nombre, sin derechos, sin poder. Había sido llevada como botín de guerra por Naamán en uno de los enfrentamientos entre Siria e Israel. Esa jovencita tenía muchas razones para guardar silencio… para sentir bronca o rencor.
Pero, frente al dolor ajeno, no se quedó callada. Habló con fe y con compasión. Le dijo a su ama: ¡Si tan solo mi señor fuera a ver al profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su enfermedad! (v. 3)
Naamán escuchó esas palabras, fue a ver al rey de Siria, que lo envió con una carta al rey de Israel. Finalmente, llegó hasta el profeta Eliseo, quien no lo recibió como él esperaba…
Y aunque al principio Naamán resistió, se ofendió y no quiso obedecer, terminó dejando el orgullo de lado. Se sumergió siete veces en el Jordán, tal como indicó el profeta, y fue sanado.
Lo más impresionante del relato es que, cuando Naamán salió del río Jordán, no solo su piel quedó limpia, también su corazón fue tocado por Dios.
Hoy queremos detenernos un momento en la actitud de esa muchachita sin nombre. Ella creyó, confió y se animó a compartir su fe. No predicó, no hizo milagros, no dio un gran discurso… solo abrió su boca y señaló el camino hacia Dios.
Fue una niña esclava quien abrió el camino a la sanación y a la vida nueva del prestigioso comandante, simplemente compartiendo su fe.
Que también nosotros, con lo que somos y desde donde estamos, nos animemos a hablar de Dios con libertad y esperanza. Alguien puede encontrar vida, consuelo o sanación… porque tú y yo abrimos la boca y compartimos nuestra fe.
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