Riqueza en el cielo

Seguimos con el capítulo 12 del Evangelio según san Lucas. Hoy leímos los versículos 32-40, donde encontramos una enseñanza que, a primera vista, puede parecer difícil de comprender.

Para entender su sentido, es importante situarnos en dos planos:

  • El momento en que Jesús habla a sus discípulos, un tiempo cargado de esperanza inminente, anunciando que el Reino de Dios ya está presente en Él y, a la vez, llamando a vivir vigilantes, abiertos a su plena manifestación.
  • El momento en que se escribe el Evangelio según Lucas (aprox. años 80 d.C.). Han pasado varios años desde la muerte y resurrección de Jesús. El Templo de Jerusalén ya no existe, el pueblo está esparcido y con miedo. Las pequeñas comunidades cristianas siguen creyendo que el Reino comenzó con Jesús, pero viven momentos difíciles, sufren persecución, se sienten inseguras y, a veces, dudan porque las promesas parecen tardar en cumplirse.

En este marco, resuenan preguntas que atraviesan los tiempos:
¿En quién ponemos nuestra confianza cuando todo parece tambalear?
¿Qué valores priorizamos como comunidad de fe?
¿Cómo resistimos a la lógica del poder que oprime y excluye?

Lucas escribe a Teófilo (nombre que significa “amigo de Dios”) y, a través de este destinatario simbólico, llega a todos los creyentes, transmitiendo la memoria viva de Jesús iluminada por la experiencia pascual: Él, crucificado y resucitado, está vivo y presente por la fuerza del Espíritu.

En este contexto, las palabras de Jesús cobran una fuerza especial:
«No tengan miedo, mi pequeño rebaño, porque es la buena voluntad de su Padre darles el reino» (Lc 12:32, DHH).

  • El Reino ya nos ha sido dado en Cristo, es gracia, no recompensa por méritos.
  • Pero su plenitud todavía está por revelarse, por eso el llamado es a vivir vigilantes, no con miedo, sino con una esperanza activa, que se traduce en gestos concretos de amor y servicio.

La comunidad lucana necesitó recordar, y nosotros también que ser discípulo/a del Maestro significa adoptar un estilo de vida que encarne la Buena Noticia en todo: en lo cotidiano y en lo excepcional. Supone no dejarse paralizar por el miedo, sostenernos mutuamente en la esperanza y abrazar una vida sencilla, generosa y profética, siguiendo el camino de Jesús.

En el tiempo que estamos viviendo, también nos interpelan las mismas preguntas. Que nuestro Padre-Abba nos ayude a cultivar lámparas encendidas que iluminen comunidades de ternura, abiertas, capaces de perdonar, profundamente ecuménicas; que celebren la presencia del Creador en todas sus formas y dimensiones, y que trabajen juntas por la justicia. Comunidades que encuentren en la vida, muerte y resurrección de Jesús un misterio de amor que las impulse al servicio.

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