Sábado Santo 2026

Hoy es un día marcado por el silencio, el miedo y una tumba sellada. Todo había sido consumado. Quedó un silencio cargado de preguntas, de dolor, de desconcierto, de impotencia. Un acto injusto sobre la vida de un inocente había llegado hasta el extremo: la tumba.

Los evangelios no se detienen en narrar este día bisagra entre la muerte y la resurrección de Jesús. Solo hay silencio. Pero no todos los silencios son iguales. Está el silencio de quienes creyeron haber vencido como el de los poderes políticos y religiosos que sofocaron una vida que incomodaba, que denunciaba, que anunciaba otro Reino posible. Está el silencio del pueblo, herido, disperso, con miedo, tratando de comprender cómo la esperanza puede terminar en una cruz. Y está también el silencio de quienes permanecen como las mujeres, cercanas pero limitadas por su tiempo, el silencio de los cuerpos que no huyen del todo, de los vínculos que resisten aun cuando no entienden.

En ese entramado de silencios, Dios desciende y actúa. Desciende a la muerte misma, a los lugares donde la vida ha sido negada, a la historia concreta de los crucificados de todos los tiempos, al propio infierno.

Allí donde parece que ya no hay nada, Dios se hace presencia. El Sábado Santo es un día habitado por el silencio. Un silencio que no es ausencia, sino el modo en que Dios trabaja cuando no lo vemos. Un silencio que nos confronta con una fe que no tiene evidencias, que no se sostiene en triunfos, sino en la memoria de Jesús, contada por una nube de testigos. Una fe que se atreve a permanecer, aun al contemplar la tumba cerrada, aun cuando todo parece terminado.

El Dios en quien creemos no abandona la historia en la muerte,
sino que la habita, la atraviesa y la transforma desde dentro. Y en ese mismo silencio que hoy duele, en nuestras historias, en nuestros cuerpos, en nuestras luchas, en los campos persecución, de conflicto y de guerra, Dios ya está gestando vida.


Pr. Sandra Dos Santos

Categorías: Reflexiones