Viernes Santo 2026

Hoy es Viernes Santo, y nos detenemos frente a una cruz que, en tiempos de Jesús, era signo de escándalo, un instrumento de muerte vergonzosa, cruel, de castigo y control social. En ella se concentran la violencia, la injusticia y la convergencia de intereses religiosos y políticos que deciden que una vida como la de Jesús no puede continuar. La cruz revela hasta dónde puede llegar el rechazo humano cuando el amor desestabiliza privilegios, cuando la misericordia desborda las normas y cuando la dignidad de los últimos se vuelve prioridad. Jesús muere, entonces, como consecuencia de un sistema que castiga y elimina aquello que lo cuestiona. El Mesías muere por haber vivido de un modo que desenmascaró las lógicas de exclusión y de poder, tanto político como religioso.

Pero en ese mismo lugar donde parece imponerse la muerte, Dios permanece. En Jesús, Dios mismo entra en el sufrimiento humano, lo asume y lo atraviesa. La cruz es, al mismo tiempo, el resultado de la violencia humana y el lugar donde Dios actúa, no desde la imposición, como los mecanismos opresores de poder y muerte que gobiernan este mundo, sino desde un amor que se entrega hasta el extremo. Jesús no se aparta de su camino; al contrario, permanece en el amor, en el perdón y en la cercanía, incluso cuando todo se derrumba. Y en esa fidelidad hasta el final, Dios abre un camino de perdón, de reconciliación y de vida nueva. Por eso, para nosotros y nosotras, la cruz es el comienzo de una obra de salvación que transforma la muerte en posibilidad de vida.

Y es desde allí, desde la cruz, donde esta palabra comienza a tocar e interpelar nuestra vida. Porque las cruces siguen existiendo, en el dolor que cargamos, en las heridas que no terminan de cerrar, en las injusticias que siguen marcando nuestros cuerpos, nuestras historias y nuestra Casa Común.

El Viernes Santo nos invita a contemplar al Crucificado desde nuestras propias realidades y a descubrir que Dios está presente, sosteniendo, acompañando, pero también recreando, sanando y abriendo camino. Por eso miramos la Cruz con una esperanza que, aunque todavía es silenciosa, ya está en marcha en la esperanza Pascual, que nos anuncia que la muerte y la maldad no tienen la última palabra, y que Dios sigue obrando, incluso en medio del dolor y la oscuridad, para hacer nuevas TODAS las cosas. Amén.


Pr. Sandra Dos Santos

Categorías: Reflexiones