Creación, la Nueva Creación y la Misión de Dios
“Chingolo, chiflando entre las ramas,
el fruto, que tiñe las mañanas,
orilla, las nutrias te reclaman,
golondrina, pechito blanco de las aguas.
En la nube como en el viento,
en la rama o bajo tierra,
pulsándonos en vida,
¡Misterio de Belleza!”
Así dice una hermosa canción creada en el Centro Emmanuel.
La reflexión teológica acerca de la Creación, la Nueva Creación y la Misión de Dios nos lleva a pensar sobre nuestra casa. Explorar sonidos, ritmos, conversaciones, movimientos. El juego y la danza como acciones de la Sabiduría Creadora de Dios que contribuye en toda la acción de Dios. La Vocación de Dios es la Creación, es movimiento, es acción.
Acercarnos a los Textos Sagrados más conocidos y más conflictivos, como el de Génesis 1 resurgido en medio del exilio, lleva a cuestionar el dominio de los seres humanos sobre la creación. El valor de la Creación no depende de la presencia humana, porque es un acto salvífico en sí mismo. Crea espacio para la Vida. La Creación es para gozo y no sufrimiento.
El sometimiento de la Creación por parte de las personas es la justificación religiosa del dominio, que se inscribe en una manera de relacionarse. De allí surge la discriminación, el binarismo y la esclavitud. Dios en su Creación nos invita a una manera de relacionarnos, que no es la que está dada naturalmente en el mundo.
El verbo someter, es el mismo que se utiliza en los demás textos para referirse a la violación. La erradicación de la violencia contra las mujeres y la Creación es la invitación de Dios a construir un mundo en el que nuestras relaciones sean de sanar, crear y recrear, acompañar, escuchar y compartir.
Somos parte de una red divina de relaciones interdependientes e interconectadas, tenemos todo para construir lazos de solidaridad y crear espacios de transformación. Es necesario recorrer la distancia social, económica, moral, física, religiosa, territorial, que implica un esfuerzo enorme, para encontrarse con personas diferentes. El intercambio y la comunicación son fundamentales para la comunidad de fe, para no caer en el sectarismo.
El acceso impedido a la tierra, habitación, alimentación o al agua es un tema transversal en esta región. Una lucha que las iglesias ecuménicas acompañan en distintas expresiones. Parece una utopía, pero es una manera de aceptar la invitación de Dios a vivir en su promesa de la Vida Plena para toda la Creación. Ya el totalitarismo del siglo pasado buscaba posicionarse como lo último y la salvación apocalíptica para el mundo. Por ello, Paul Tillich decía que a la iglesia y a la teología le compete lo penúltimo, porque la última palabra la tiene Dios mismo y no un régimen de poder provisorio.
Dios no cambia su relación por el pecado, sino porque eligió venir y ser nuestro amigo.
La influencia del dispensacionalismo inglés y estadounidense en nuestra región, perpetúa la relación de dominio del ser humano con la Creación y de dios con el ser humano. Dios aparece en esto como el dios del teatro griego, que dejaba a sus creaturas hacer lo que quisieran hasta que algo se desvirtuaba y aparecía un ser horrendo desde el cielo para castigar a los humanos.
El imaginario religioso de la destrucción inevitable de la Creación, necesita ser elaborado en clave de Esperanza. La iglesia cristiana no es la sala de espera para el rapto, como en la teoría de Darby, sino que está llamada a preguntarse algo tan sencillo como cuál es la fuente natural de agua más cercana y de qué manera nos vinculamos con ella.
La iglesia es responsable por la creación de espacios de esperanza y expectativas, por movilizarse y dignificar, escuchar y amar. Y en el aspecto organizativo, el sacerdocio universal de todas las personas creyentes, puede comprenderse como misión. Es el mensaje de que sí hay un mundo distinto, hay un futuro y hay consuelo ante el miedo.
El nuevo cielo y la nueva tierra, son la promesa de Dios al pueblo oprimido, donde ya no habrá dominio, ni relaciones de dominación por discriminación, ni muertes evitables de seres indefensos. El futuro del pan calentito en cada mesa, y no de estar espigando migajas que dejan caer los poderosos. Las aguas cristalinas y la justicia de la libertad. El texto invita a imaginar.
Imaginar, hoy día -en la era de la saturación de imágenes- es un desafío al que el texto sagrado nos invita. Para darnos lugar a creer, a querer creer, a caminar en la certeza de que vamos transformando nuestras iglesias, sociedades, hogares, territorialidades y relaciones con la Creación para resquebrajar la domesticación que nos mantiene en división, aislamiento y segmentación.
La iglesia no es el templo y sus aledaños, sino las personas, la red de Jesús, quienes experimentamos y vivimos en su amor y une a quienes queremos creer que es posible vivir de una manera más digna. Las iglesias han de ser espacio seguro para juventudes. Donde las relaciones no sean desde el ego, la estructuras rígida o el cargo que se ocupe, sino desde un espacio que nos hermana entre nosotros y nosotras, de la misma especie, y la fuerza creadora de la Vida.
¿Qué vemos y cómo miramos? ¿Y cómo miramos aquello que no se vé?
La experiencia cristiana de la fe, regalo de la Gracia de Dios, es movimiento, praxis, es brindar los carismas para la transformación de la realidad concreta. La reflexión teológica es la palabra que intenta describir la vivencia comunitaria en esa red de relaciones en la Creación divina que nos propone el Amor.
Encontrarnos con hermanos y hermanas, y conocer gente nueva es siempre una experiencia comunitaria que nos enriquece espiritualmente. La iglesia está invitada a participar de la Misión de Dios. Dios está activo, a pesar de la injusticia climática. Su Creación es un coro del que todas las personas participan para ser mejores prójimos. Una suma de consciencia activa y esperanza porfiada marcada por la presencia, revitalizando el vínculo sano que sana. ¡Una oportunidad para iniciar la caminata y sostener la marcha!
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Reflexión de Stefanie Kreher a partir del retiro realizado en el Centro Emmanuel, guiado por la Dra. Karla Koll, teóloga y especialista en misión, el pasado 7 y 8 de agosto de 2026.
La propuesta tuvo como objetivo abrir un tiempo de estudio, conversación y discernimiento comunitario en torno a una pregunta urgente para la vida de las iglesias: ¿qué significa anunciar hoy el Evangelio y acompañar a nuestras comunidades en medio de la crisis ecológica, el cansancio social y la búsqueda de nuevos horizontes de esperanza?
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